Los seres humanos no escogemos la familia donde nacemos, sencillamente Dios nos coloca allí con un propósito específico. Crecemos rodeados de creencias, tradiciones y comenzamos a aprender cosas buenas y malas. Quizás muchos deciden seguir los pasos de sus padres; en mi caso, nací en un hogar cristiano y por muchos años fui a la iglesia como la hija del pastor, siendo tal vez una tradición en mi vida. A mis 16 años sentí que ya no quería continuar así, anhelaba sentir lo que muchas veces escuché hablar a mis padres.

Me determiné buscar a Dios, entraba en mi closet y oraba, perseverando día y noche en mi clamor. Hasta que un día vino Jesús, sentí que se colocó a mi lado, Su presencia fue muy fuerte. No habían palabras en ese momento, solo un llanto, ese fue mi instante con Dios. A partir de ese momento todo cambió en mí, lo que antes era tradición, ahora se había convertido en algo muy real; había nacido de nuevo. Las noches se convirtieron en una necesidad por buscar de Dios, nació en mí una sed por comprender, amar y practicar Su palabra.

En una de esas noches de oración tuve una visión. Yo me encontraba en un lugar alto y desde allí podía observar una multitud conformada por familias enteras y amigos, todos ellos con diferentes expresiones en sus rostros, algunos estaban riendo, otros llorando, otros conversando. Ví al final del camino un gran abismo y, eran muchas las personas que se dirigían hacia allá, no tenían como devolverse y no había ningún anuncio, nadie les estaba informando del peligro. Luego de esta experiencia, lloré y en mi clamor le pedí al Señor que me diera un mensaje, para mostrarles a muchos el camino de la vida.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Juan 14:6

Ese día decidí ser una mensajera de estas buenas nuevas, no por seguir una tradición de familia en el ministerio ni por influencia de mis padres. Había nacido en mí la pasión por llevar el mensaje de la Cruz.

A veces vemos como si el mundo estuviera “patas arriba”. Cada vez más pecado, las cosas buenas ahora no son tan buenas y las malas son la moda de la sociedad. ¿Qué podemos hacer por nuestras generaciones? Comenzar a enseñar los principios de la Palabra. Tú y yo podemos transformar nuestra sociedad, Dios nos creó con un propósito y ¡vamos a cumplirlo con pasión!

Por esto decidí escribir el libro La Belleza de Ser Mujer, un material que motiva a cada mujer a desarrollar 10 virtudes en su propia vida, de tal manera que pueda a su vez enseñar a otras. El año pasado, con el lanzamiento del libro tuve la oportunidad de compartir con cientos de mujeres de diferentes países quienes me transmitieron sorprendentes testimonios y esto me lleva a creer que es una excelente herramienta en este tiempo para desatar un nuevo comienzo en cada mujer llevándolas al primer amor con el Señor, desafiarlas a brillar, a desarrollar su llamado y sobre todo experimentar la cobertura del Espíritu Santo desatando sanidad y restauración, recuperando así la dulzura y delicadeza con la que se debe hacer todo.

QUERIDA AMIGA, TU PUEDES BENDECIR A MUCHOS, DECIDE TRANSMITIR DE ESA BELLEZA QUE DIOS TE HA DADO.

A medida que crezcas con Dios y Su fruto comience a desarrollarse en tu vida, se podrá decir de ti lo que dice el libro de Proverbios 31:10 “Muchas mujeres han realizado proezas, pero tú las superas a todas”.

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